Tenía 4 o 5 años, no más, probablemente menos. Nos fuimos al mar. Ya no importa el nombre del pueblo, solo me acuerdo de él sus calles polvorientas, sus casas chatas, su aspecto de abandonado que, supongo, tiene todos los pueblos de la costa en diciembre. Sobre todo uno que de turístico no tenía ni el nombre.
Y en medio de ese pueblo casi olvidado, de esa nada que se veía en todos lados, de esas calles y casa cenicientas, de esa playa inmensamente vacía, la navidad. Navidad fuera de casa, fuera de las cosas habituales y cotidianas, nunca tan lejos como esa vez de todo lo que daba seguridad y refugio en un momento como la navidad, donde me siento más sola que nunca, más aislada de todo lo que me rodea.
Ni siquiera había un arbolito para que Papa Noel ponga los regalos debajo. Pintamos adornos en papel y se los colgamos a una planta de maceta que había en la casa. ¿Qué me trajo esa vez? No me acuerdo, no importa tampoco. ¿Sabía yo la verdad de todo el asunto? No sé, ni siquiera me acuerdo de cuando lo supe en realidad. Capaz nunca me importó quién dejaba los regalos ahí. Seguramente porque nunca me interesó o nunca terminé de entender por qué lo hacía.
Pasaron muchos años hasta que volví a tener una navidad fuera de casa.
Pasaron muchos más y no he vuelto a ese pueblo. Probablemente no exista ya.